lunes 1 de agosto de 2011

ARNO SCHMIDT (1914-1979)


Tratándose de un autor cuyas traducciones escasean (desde 1973 se tradujeron al español sólo seis de sus libros; teniendo en cuenta que entre 1949 y 1979 escribió casi cincuenta obras, es bastante poco), es un motivo de felicidad la aparición de un libro de relatos de Arno Schmidt, el novelista que fue calificado por Hermann Hesse como “un auténtico poeta”

Un artista de la palabra
Arno Schmidt. En una fotografía de su esposa, Alice, circa 1935, cuando aún era un autor inédito.
Pareciera que todas las lenguas poseen su propio desbaratador de la gramática. El inglés tiene a James Joyce, el español a Guillermo Cabrera Infante, el italiano a Carlo Emilio Gadda, el francés a Louis-Ferdinand Céline y el alemán tiene a Arno Schmidt.
¿Qué es un desbaratador de la gramática? En particular se trata de un escritor que siente especial predilección por los juegos del lenguaje, que se siente tentado a hacer juegos de palabras sin parar, que ama las disonancias y las rimas, y a veces las busca y a veces les escapa. Pero especialmente se trata de autores intraducibles.
Claude Riel, el traductor por antonomasia de Arno Schmidt al francés, definía exactamente así su literatura: intraducible. Desde que a instancias de Julio Cortázar el editor argentino Paco Porrúa le encargó a fines de los años 60 al argentino Luis Alberto Bixio la traducción de Die Gelehrtenrepublic (La república de los sabios), se estableció un cierto modo improbable de traducir a Schmidt. Las sucesivas ediciones argentinas y españolas de sus libros –pocos, apenas media docena, a pesar de la fastuosidad de su obra (ocho novelas, diez nouvelles, dos volúmenes de cuentos, cinco de ensayos, una biografía de La Motte Fouqué, un estudio sobre Karl May, diversos tomos de correspondencia e innumerables fragmentos dispersos)– tomaron esa primera traducción de Bixio como un modelo a seguir, como un patrón, una meta. Bixio se había caracterizado por la total ausencia de notas al pie (los libros de Arno Schmidt las reclaman de a docenas a cada página) y la neutralidad habitual en los buenos traductores argentinos (neutralidad de la que obviamente carece la traducción del Corazón de piedra, a cargo de los españoles Jaime Siles y Ela María Fernández-Palacios y El brezal de Brand, a cargo del español Fernando Aramburu).
Como con pocos autores, los adictos a Schmidt, ávidos como viven de traducciones de sus libros, son capaces de tolerar –y lo que es peor: festejar– la aparición de sus libros sin importar el grado de incomprensión de sus traducciones. Por suerte los relatos de Meteoro de verano fueron prolijamente (tal vez demasiado prolijamente) traducidos por Gabriela Adamo. Digo “demasiado prolijamente” porque desde los tiempos de Bixio los traductores de Schmidt habían decidido pasar por alto la manía schmidtiana de otorgarles a los signos de puntuación el mismo peso visual que se les otorga a las palabras. Adamo se mantiene fiel a la fuente y el resultado es muy atractivo visualmente, pero de dificultosa lectura. Pero, insisto, son menudencias en medio de la algarabía general, como cuando en el medio de una fiesta alguien rompe un vaso: la cosa carece de importancia.
Meteoro de verano reúne 23 relatos escritos a fines de los años 50 y en ellos toda la batería de Schmidt está a la vista: la extraordinaria atención que presta a las conversaciones casuales que tienen lugar a sus espaldas, los gestos mínimos, las observaciones precisas imprevistas. Ya lo dijo Günter Grass en un ensayo que le dedicó a Schmidt en Ensayos sobre literatura: “No conozco a otro escritor que haya oído con tanta atención a la lluvia, que contradijera tantas veces al viento y que otorgara a las nubes apellidos tan literarios”. La reunión de los relatos, debida a la mano de un editor alemán desconocido, posee cierta lógica: son todos “miscelánicos”, en el sentido de que no poseen la organización y el peso de los grandes relatos. Son momentos, breves instantes narrables (o que, mejor dicho, Schmidt hace narrables. Dudo que cualquier otro escritor pudiera hacer lo mismo a partir de la materia prima nimia de la que Schmidt dispone).
Entre ellos destacan El tamborilero del zar (donde el narrador se instala en un bar de choferes de larga distancia, personas que han vivido algo o que aún lo están viviendo –y con vehemencia–), El canto del medidor (donde el narrador prefiere pararse junto a las escaleras mecánicas de un shopping para poder oír cómo “corre la lluvia de caras y voces”), y la serie final de relatos protagonizados (en realidad “narrados”) por el agrimensor Stürenburg, alguien cuyos relatos “podrían hacer bajar a los pájaros de los árboles”.
De modo que se trata de veinte cuentos inéditos en español, bien traducidos y hermosamente editados. Son difíciles de leer (todo Arno Schmidt es difícil de leer). W.G. Sebald calificaba la escritura de Schmidt como “accionismo verbal dinámico”. Sebald no conseguía ver más que a un autor, un “artista de la palabra sin concesiones”, “diligente y obstinado en su trabajo de marquetería lingüística”. Compara a Schmidt con un aficionado a las manualidades que ha encontrado un procedimiento y fabrica así, una y otra vez, lo mismo, imperturbable. Proviniendo de Sebald, quien concebía la literatura con la precariedad teórica de un profesor de colegio secundario, se trata de un elogio.